
Puede que te hayas dado cuenta al morder una manzana y sentir que algo “no encaja”, o quizá lo notaste en una revisión, cuando el dentista te habló de desgaste en una zona concreta. A veces la señal es estética, pero muchas otras se manifiestan cuando cuesta masticar bien, aparece tensión en la mandíbula o ciertos dientes se van gastando antes de tiempo.
La maloclusión es un problema de encaje, y conviene mirarlo con calma porque puede afectar a la función, a la salud de los dientes y, sí, también a cómo nos sentimos al sonreír.
Cuando hablamos de maloclusión dental, hablamos de una “mala mordida”, donde al cerrar la boca, los dientes de arriba y los de abajo no se relacionan como deberían. Puede notarse porque hay apiñamiento, piezas giradas, huecos, o porque la mandíbula y el maxilar no guardan una relación equilibrada.
En los niños esto tiene un matiz importante, pues en la dentición de leche pueden aparecer desajustes que se corrigen solos a medida que se crece la boca y cambian los dientes, pero otras veces son una pista de que el desarrollo de las arcadas no va del todo bien. En la dentición definitiva, el patrón suele asentarse y entonces la maloclusión se nota al masticar, al hablar o simplemente al ver la alineación.
Si tienes la sospecha, lo mejor es no quedarse en el “creo que…”. El odontólogo u ortodoncista revisa cómo contactan los dientes, si hay falta de espacio, cómo se alinean las arcadas y, en niños, cómo avanza el crecimiento.
No todas las maloclusiones son iguales, y por eso se clasifican. Una forma habitual de hacerlo es con las clases I, II y III; en la clase I, la relación general puede ser aceptable, pero hay problemas como apiñamiento o dientes rotados; en la clase II, es frecuente que los dientes superiores queden más adelantados o que la mandíbula esté algo más retraída; y en la clase III ocurre lo contrario, con tendencia a la submordida (la mandíbula se sitúa por delante).
Ahora bien, a muchas personas les suena más lo que se ve en el espejo o se nota al masticar que una “clase”. Por eso también se habla de sobremordida (los dientes superiores cubren demasiado), mordida abierta (al cerrar queda un espacio), mordida cruzada (algún diente superior muerde por dentro del inferior), submordida o apiñamiento. A veces se combinan entre sí, y ahí es cuando el cuadro se vuelve un poco más complejo.
Ponerle etiqueta ayuda a entender qué está fallando y cuál es el camino más sensato. El profesional valora dientes, encías, hueso y articulación para ajustar el plan al problema.
La maloclusión suele tener varias causas a la vez, y una de las más habituales es la herencia. El tamaño del maxilar y la mandíbula, la forma de las arcadas o la tendencia al apiñamiento se repiten con frecuencia dentro de una misma familia. Por eso a veces, cuando te lo explican, piensas: “Esto lo tiene también mi padre” o “me pasa igual que a mi hermana”.
En la infancia, entran en juego hábitos como chuparse el dedo, el uso prolongado de chupete o biberón, la respiración bucal o el empuje de la lengua, que pueden influir en cómo se colocan los dientes y cómo crecen las arcadas; no significa que cualquier hábito vaya a acabar en un problema, pero cuando se mantiene durante mucho tiempo, el equilibrio entre músculos, hueso y dientes puede alterarse.
Ya en la edad adulta, además de esa base genética, aparece la pérdida de piezas sin reemplazo, dientes que se desplazan con el tiempo, reconstrucciones que cambian el contacto entre dientes o un desgaste progresivo. También puede influir el bruxismo, que es el hábito de apretar o rechinar los dientes, muchas veces sin darse cuenta.
A veces la maloclusión se ve, pero no molesta. Y otras veces ocurre que por fuera no parece gran cosa, pero la persona nota que la mordida “no cierra” o que se cansa al masticar. Entre los signos más comunes están el desgaste irregular, sensibilidad en ciertos dientes, mordeduras repetidas en mejilla o lengua y molestias en la mandíbula. En algunos casos también cambia la pronunciación de determinados sonidos.
Por otro lado, si los dientes están mal alineados, limpiarlos bien cuesta más, y eso aumenta el riesgo de caries o inflamación de encías. Además, cuando las fuerzas de la mordida se reparten mal, unos dientes trabajan de más y otros de menos, dando a notar desgastes muy localizados o dientes que se rompen con más facilidad, empastes y restauraciones.
Si no se aborda, algunas personas desarrollan sobrecarga en la articulación temporomandibular (ATM), dolor mandibular o molestias musculares. No hay que alarmarse, no todas las maloclusiones llevan a estos problemas, pero si notas síntomas persistentes o tienes dudas sobre cómo encaja tu mordida, una revisión a tiempo puede ser de gran ayuda.
Cuando se plantea el tratamiento, también se debe estudiar qué se necesita corregir exactamente. Depende del tipo de maloclusión, de la edad, de la severidad y de si el origen es dental (posición de los dientes), óseo (estructura de maxilar y mandíbula) o mixto. En muchos casos se recurre a la ortodoncia, ya sea con brackets o alineadores, aparatos fijos o removibles pensados para crear espacio o mejorar el encaje de la mordida. En situaciones complejas, puede valorarse la cirugía ortognática dentro del plan global.
En niños, el enfoque suele aprovechar el crecimiento para guiar el desarrollo y evitar que el problema se haga mayor. En adultos, el tratamiento se centra más en mover dientes y estabilizar la mordida; si hay ausencias dentales o desgaste importante, a veces se combina con rehabilitación oral para recuperar una función cómoda y estable.
Por cierto, con brackets o alineadores, la higiene se vuelve más exigente, por lo que se debe aprender a limpiar bien donde más cuesta. En ese punto, puede venirte bien reforzar la rutina de higiene de bocas con ortodoncia, porque ayuda a reducir el riesgo de caries y problemas de encías durante el proceso.
La maloclusión dental es básicamente un problema de encaje donde la boca no cierra de forma equilibrada y eso puede afectar a la masticación, al desgaste de los dientes y a la comodidad de la mandíbula. A veces se origina por factores hereditarios, otras por hábitos en la infancia o por cambios que se acumulan con los años.
Si sospechas que tu mordida no es la ideal, merece la pena pedir una valoración. No siempre hace falta tratar de inmediato, pero tener un diagnóstico claro y un plan realista (sea de seguimiento o de corrección) suele ser el primer paso para cuidar tu salud oral con tranquilidad.
Puede que te hayas dado cuenta al morder una manzana y sentir que algo “no encaja”, o quizá lo notaste en una revisión, cuando el dentista te habló de desgaste en una zona concreta. A veces la señal es estética, pero muchas otras se manifiestan cuando cuesta masticar bien, aparece tensión en la mandíbula o ciertos dientes se van gastando antes de tiempo.
La maloclusión es un problema de encaje, y conviene mirarlo con calma porque puede afectar a la función, a la salud de los dientes y, sí, también a cómo nos sentimos al sonreír.
Cuando hablamos de maloclusión dental, hablamos de una “mala mordida”, donde al cerrar la boca, los dientes de arriba y los de abajo no se relacionan como deberían. Puede notarse porque hay apiñamiento, piezas giradas, huecos, o porque la mandíbula y el maxilar no guardan una relación equilibrada.
En los niños esto tiene un matiz importante, pues en la dentición de leche pueden aparecer desajustes que se corrigen solos a medida que se crece la boca y cambian los dientes, pero otras veces son una pista de que el desarrollo de las arcadas no va del todo bien. En la dentición definitiva, el patrón suele asentarse y entonces la maloclusión se nota al masticar, al hablar o simplemente al ver la alineación.
Si tienes la sospecha, lo mejor es no quedarse en el “creo que…”. El odontólogo u ortodoncista revisa cómo contactan los dientes, si hay falta de espacio, cómo se alinean las arcadas y, en niños, cómo avanza el crecimiento.
No todas las maloclusiones son iguales, y por eso se clasifican. Una forma habitual de hacerlo es con las clases I, II y III; en la clase I, la relación general puede ser aceptable, pero hay problemas como apiñamiento o dientes rotados; en la clase II, es frecuente que los dientes superiores queden más adelantados o que la mandíbula esté algo más retraída; y en la clase III ocurre lo contrario, con tendencia a la submordida (la mandíbula se sitúa por delante).
Ahora bien, a muchas personas les suena más lo que se ve en el espejo o se nota al masticar que una “clase”. Por eso también se habla de sobremordida (los dientes superiores cubren demasiado), mordida abierta (al cerrar queda un espacio), mordida cruzada (algún diente superior muerde por dentro del inferior), submordida o apiñamiento. A veces se combinan entre sí, y ahí es cuando el cuadro se vuelve un poco más complejo.
Ponerle etiqueta ayuda a entender qué está fallando y cuál es el camino más sensato. El profesional valora dientes, encías, hueso y articulación para ajustar el plan al problema.
La maloclusión suele tener varias causas a la vez, y una de las más habituales es la herencia. El tamaño del maxilar y la mandíbula, la forma de las arcadas o la tendencia al apiñamiento se repiten con frecuencia dentro de una misma familia. Por eso a veces, cuando te lo explican, piensas: “Esto lo tiene también mi padre” o “me pasa igual que a mi hermana”.
En la infancia, entran en juego hábitos como chuparse el dedo, el uso prolongado de chupete o biberón, la respiración bucal o el empuje de la lengua, que pueden influir en cómo se colocan los dientes y cómo crecen las arcadas; no significa que cualquier hábito vaya a acabar en un problema, pero cuando se mantiene durante mucho tiempo, el equilibrio entre músculos, hueso y dientes puede alterarse.
Ya en la edad adulta, además de esa base genética, aparece la pérdida de piezas sin reemplazo, dientes que se desplazan con el tiempo, reconstrucciones que cambian el contacto entre dientes o un desgaste progresivo. También puede influir el bruxismo, que es el hábito de apretar o rechinar los dientes, muchas veces sin darse cuenta.
A veces la maloclusión se ve, pero no molesta. Y otras veces ocurre que por fuera no parece gran cosa, pero la persona nota que la mordida “no cierra” o que se cansa al masticar. Entre los signos más comunes están el desgaste irregular, sensibilidad en ciertos dientes, mordeduras repetidas en mejilla o lengua y molestias en la mandíbula. En algunos casos también cambia la pronunciación de determinados sonidos.
Por otro lado, si los dientes están mal alineados, limpiarlos bien cuesta más, y eso aumenta el riesgo de caries o inflamación de encías. Además, cuando las fuerzas de la mordida se reparten mal, unos dientes trabajan de más y otros de menos, dando a notar desgastes muy localizados o dientes que se rompen con más facilidad, empastes y restauraciones.
Si no se aborda, algunas personas desarrollan sobrecarga en la articulación temporomandibular (ATM), dolor mandibular o molestias musculares. No hay que alarmarse, no todas las maloclusiones llevan a estos problemas, pero si notas síntomas persistentes o tienes dudas sobre cómo encaja tu mordida, una revisión a tiempo puede ser de gran ayuda.
Cuando se plantea el tratamiento, también se debe estudiar qué se necesita corregir exactamente. Depende del tipo de maloclusión, de la edad, de la severidad y de si el origen es dental (posición de los dientes), óseo (estructura de maxilar y mandíbula) o mixto. En muchos casos se recurre a la ortodoncia, ya sea con brackets o alineadores, aparatos fijos o removibles pensados para crear espacio o mejorar el encaje de la mordida. En situaciones complejas, puede valorarse la cirugía ortognática dentro del plan global.
En niños, el enfoque suele aprovechar el crecimiento para guiar el desarrollo y evitar que el problema se haga mayor. En adultos, el tratamiento se centra más en mover dientes y estabilizar la mordida; si hay ausencias dentales o desgaste importante, a veces se combina con rehabilitación oral para recuperar una función cómoda y estable.
Por cierto, con brackets o alineadores, la higiene se vuelve más exigente, por lo que se debe aprender a limpiar bien donde más cuesta. En ese punto, puede venirte bien reforzar la rutina de higiene de bocas con ortodoncia, porque ayuda a reducir el riesgo de caries y problemas de encías durante el proceso.
La maloclusión dental es básicamente un problema de encaje donde la boca no cierra de forma equilibrada y eso puede afectar a la masticación, al desgaste de los dientes y a la comodidad de la mandíbula. A veces se origina por factores hereditarios, otras por hábitos en la infancia o por cambios que se acumulan con los años.
Si sospechas que tu mordida no es la ideal, merece la pena pedir una valoración. No siempre hace falta tratar de inmediato, pero tener un diagnóstico claro y un plan realista (sea de seguimiento o de corrección) suele ser el primer paso para cuidar tu salud oral con tranquilidad.
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